No sé por qué te leo. Pero me encanta.
Puedo seguir haciéndolo si tu encuentras, en más historias, la razón de por qué me escribes.
Puedo seguir haciéndolo si tu encuentras, en más historias, la razón de por qué me escribes.
R. Hart.
Siempre habrá historias que quieran ser contadas, pero cómo contar la mía: escasa de diálogos y de escenas, con dos protagonistas y si acaso uno o dos papeles secundarios a los que no podemos llamar testigos, sino cómplices. ¿Cómo le preguntamos a las paredes lo que han visto si por naturaleza ellas callan, son discretas? ¿Cómo cuestionamos al tiempo por su crueldad al pasar lento en la espera y la ilusión y rápido en la felicidad que producen ciertos momentos? ¿Cómo damos voz a nuestros pensamientos sin reprimirlos de lo que no debiera contarse? ¿Cómo los hacemos callar?
A falta de diálogos, con exceso de silencios y pensamientos reprimidos, contaré esta historia de la mejor forma que puedo contarla: como si fuera completamente ajena y por tanto, falta de detalles y lugares precisos, olvidando los nombres y las fechas, omitiendo el inicio y sin saber a ciencia cierta si hay final, y de haberlo, precisar con exactitud cuál fue.
I. De quien es la razón.
La última vez que quise escucharlo supe que quería ser músico o escritor, un artista que plasmara en sus obras su vida, experiencia y el camino que había recorrido, que aunque corto por su edad, estaba lleno de sorpresas: unas evidentes y simples (pero muy admiradas) y otras poco perceptibles (y para mi encantadoras). Ese mismo día supe sus lugares favoritos, me encantó el saber cómo buscaba un momento para escaparse para estar solo observando y disfrutando el piso tapizado de color morado tras la caída de las flores de las jacarandas en abril y mayo. También probé su comida favorita, esa combinación entre dulce y salado que daban las ciruelas al guisado me fascinó. Ese día me dijo te quiero. Ese día lo dejé de ver por un tiempo, esperaba que fuera mucho, o al menos eso decía, porque dentro muy dentro, quería que el tiempo se detuviera y no tuviéramos que cambiar de día para no irme lejos y perderme.
Decir quién es me resulta complejo y cómo es aún más. Porque ¿saben? A veces pienso que no es una sola persona, sino tres: el que todos ven, el que yo conozco y el que quiero ver (aún a sabiendas de que lo conozco).
El que todos conocen es el más fácil de describir, porque tiene horarios para existir, diciendo con esto que es hasta cierto punto limitado. Es callado y reservado; formal a la hora de hablar, tiene una mirada penetrante y un tanto retadora a veces difícil de interpretar. Normalmente se le ve caminando solo y saludando muy cordial a quien se cruza en su camino, pero esto no lo detiene y sigue. Hace su trabajo siempre puntual, impecable y evidenciando todas las cualidades tan difíciles de encontrar y que lo vuelven tan interesante. Hasta cierto punto pareciera ser agradable, pero existe un vidrio a su alrededor que al mismo tiempo lo hace ver inaccesible e incluso arrogante y molesto; misterioso añadiría yo. ¿Que si es guapo? Creo mi respuesta estaría viciada, para mi es encantador.
¡Pero qué prejuiciosa y vaga descripción es la que acabo de hacer! Porque el “segundo él”, es más humano que el primero, es la sensación directa de lo perfecto en lo imperfecto, lo cual lo hace hermosamente real. No es sólo la persona impecable e inteligente que describí anteriormente, también es una persona que puede hacer a un lado su propiedad al hablar, el que hace un lado las cotidianas formalidades para sentarse en el sillón de su casa con una camiseta cualquiera y unos shorts a hablar de cualquier banalidad o simplemente no hablar de nada. Es una persona celosa de su soledad y sus espacios; es el que abraza una hora todos los días (normalmente pasadas las diez de la noche) para recordar de dónde viene y quizá con eso descifrar a dónde va. Es quien no puede tender su cama antes de bañarse, acto primero y primordial en cada uno de sus días (nunca lo he visto desayunar o hacer cualquier otra cosa antes de bañarse).
Es cierto que no es músico ni escritor, pero cuando lo lees, encuentras en él, las voces de los personajes de su pasado y presente, pocas veces puedes leer lo que está por venir; plasma los sentimientos que son difíciles de demostrar en el momento, porque para él, las palabras surgen después de meditarlas cuidadosamente. Es enemigo de los impulsos y sus consecuencias, lo cual no quiere decir que no los tenga, pero es cauteloso. Fue el primero en hablarme de prudencia, cualidad que carezco, pero cada vez comprendo más, la comprendo con él, pero la he practicado más estando lejos. Cuando escribe sé que es él, “el segundo él”, el que pocos conocen y que tanto quiero. Con él descubrí a Saramago, teníamos la misma edad cuando leímos La Balsa de Piedra y aún sin discutirla, estoy segura que no la leímos igual, no nos hicimos las mismas preguntas, no subrayamos los mismos párrafos. Él también me presentó a Nothomb, me hizo soñar con las noches bebiendo Veuve Clicquot y escuchando música de Pergolesi en el fondo, sin prisas ni límites; sin esperar nada, disfrutando el tiempo, disfrutando vivir; parecía que me hablaba a través de ese libro diciéndome “no necesito tenerla constantemente a mi lado. Lo que deseo es su presencia, sentirla…escucharla vivir.” Pero como dije en un principio él jamás lo hubiera dicho, prefiere el silencio. Silencio que en el fondo, recuerdo escondía a Mozart, Pagnini, Dvořák y las interpretaciones de Villazón; escucho como llenan la habitación de sentido, veo sus ojos emocionándose con el cambio de una canción a otra y como sus manos, en un impulso, parecieran dirigir una orquesta.
Mientras tanto yo lo abrazaba con Gamboa, Nabokov, Cortázar y en uno que otro renglón con Volpi. Claramente parecía que Buesa nos conocía, sabía nuestro destino y era uno de esos cómplices de los que hablaba al principio cuando escribió “Elegía para mí y para ti”; pero sin duda, siempre será Ralf para María, sólo que el final resulta utópico en nosotros. También lo escuchaba entre estaciones no programadas en el radio y una que otra vez con la letra de música popular simple y no necesariamente digna de mencionar; lo escuchaba en voces ajenas en conferencias y entrevistas, no era él, es cierto, pero parecía seguirme a todos lados. Yo lo llevé a todos lados.
La tercera persona no existe materialmente, pero si hubiera de existir sería una mezcla entre el primero y el segundo aunado a la negación de saber que cuando el planeaba aterrizar, yo apenas despegaba y es escaso el tiempo que sobrevolamos al mismo tiempo. El tiempo avanza y por más que me esfuerzo en detenerlo, en decirle que lo convenza de no aterrizar, en decirle que aún hay más destinos que no ha recorrido y que podemos parar en otro lado, abandonar un avión con todas las cargas ajenas que sólo pesan y estorban y volar ese avión vacío, dispuesto a llenarse con nuevas cosas, el tiempo se asusta de lo nuevo, es decir, de lo incierto y decide seguir su curso normal.
II. La razón de por qué.
Insisto en llamar razón al delirio. Y el delirio llegó desde el principio para quedarse. Deberíamos llamar a este capítulo entonces “El delirio de por qué”. Anoche recordé esta razón (o delirio) de la forma más consciente y fría; pretendiéndola encuadrar, como buena CASI abogada, en alguna conducta predeterminada que justificara mi sentir y pensar, de forma tal que toda acción, pensamiento e incluso impulso fuera justificado como algo “normal”.
Mi primer planteamiento es un tanto común, es una de esas preguntas que muchos han pretendido resolver, pero nadie ha sabido convencer de la veracidad de su respuesta. ¿Por qué las personas llegan a tu vida? Llegan, aparecen, surgen de la nada; sin invitación alguna, un día, se cuelan en algunos minutos, horas e incluso años de nuestras vidas. Lo peligroso de esos intrusos es cuando el tiempo que compartes con ellos no es suficiente y entonces se apoderan de tus pensamientos como una condición lógica de la incertidumbre materializada concretándose en incertidumbre pura e intangible que llega a ser incontrolable.
Apareció una mañana para quedarse grabado por no sé cuánto tiempo y aunque no estoy hablando de un día reciente, recuerdo cada detalle, cada olor, el calor de una mañana de Noviembre que en escasas tres horas me cambió la vida en muchos sentidos.
No me enamoré ese día, ni la semana siguiente, ni al menos cien días después. No sabía lo que pasaba, tampoco me interesó mucho saberlo. Sentí, sólo me permití sentir y mi cuerpo respondió estremeciéndose con cada palabra y momento que pasaba a su lado, sentía un peculiar nerviosismo y un punzante deseo de que el tiempo se detuviera a la misma hora, los mismos días. En ese entonces, fueron muchos los momentos, pocos los lugares; demasiadas letras, pocas palabras; muchos enojos, excesivas emociones, generosas reconciliaciones; complicadas verdades, múltiples alegrías, poca prudencia; fue conocernos y reconocernos entre las luces que se prendían y apagaban con el transcurrir del tiempo. Viví tanto en tan poco tiempo, que pretendí encapsular el éxtasis y la emoción que sentía en una pastilla con la que pudiera drogarme diario con el sabor de sus labios, el murmullo de sus palabras y la franqueza en su mirada por el mayor tiempo posible. Ya me había enamorado. El día exacto no lo supe, pero pasó. Pasó y pretendí que siguiera su curso, procuré dejarlo así, sin alimentarlo ni pretendiendo acabar con él, pensé que un día cualquiera desaparecería sin darme cuenta, como cuando llegó. No pasó así, perdí el control y me sentí frágil, expuesta.
Omitiré las infructuosas y cuantiosas veces en las que pretendimos decir adiós a lo que por voluntad propia, inicialmente ninguno de los dos dimos la bienvenida; pues no le encuentro sentido alguno adentrarme en finales que aún no terminan.
La verdadera razón de por qué siguen habiendo historias y motivos; el verdadero delirio de por qué seguir en un sin sentido evidente para un tercero (más no para mí), sólo él y yo lo sabemos. No es que sea ingrata con quien toma el tiempo de leer estas letras, sino que no encuentro las palabras para explicarlo, sólo lo siento. Hasta hace unos momentos creía que las palabras podían decirlo todo, pero se nubla mi mente cuando pienso en el por qué.
Está bien, explicaré un poco y con esto me referiré a unos párrafos atrás. Conocí a alguien que no pedí conocer, no lo busqué, ni pretendí verlo de nuevo y el destino, las circunstancias o la suerte lo plantaron frente a mí de una forma en la que no podía –ni quería- huir y me fascinó. Me gustó él, las coincidencias, su vida, sus historias, sus ojos, su cuerpo, su manera de vivir, su forma misteriosa de ser, el escuchar al tío y no al hombre que había conocido, su gusto por ver (no practicar) deportes, sus debilidades, sus miedos, sus carencias, su modo de contrarrestarlos, el parecido de su búsqueda de espacio propio con la búsqueda del mío, sus silencios, la confianza para contarme su pasado, su modo de decir te quiero sin decirlo literalmente, la imagen de la noche que pasé en su oficina porque llovía y no podía irme, él no estaba y escribí una historia de cómo cambiaría ese lugar con el pasar de los años; el sentir la transformación de sus caricias que primeramente eran reflejo de una pasión y después tenían el tacto sutil de cariño, las sorpresivas llamadas por las noches cuando estaba lejos y pensaba en él; las visitas inesperadas, los ojos con los que me veía corriendo, siendo libre; la forma en la que me dejó serlo en ese instante; la vez que volví a verlo sin haberlo planeado, el café que tomamos aquella tarde en la que mientras le hablaba pareció dejar de escucharme para extender su mano y acariciar mi mejilla de la forma más tierna en la que alguien pueda hacerlo, la vez que estuvo aquí, la vez que le dije que no lo hiciera, las veces que lo extrañé, las veces que lo pensé y anoche que fue la única persona que supo levantarme.
Recuerdo que una noche le dije que lo quería, jamás imaginaría que en ese momento me hubiera preguntado por qué, no recuerdo que respondí, pero sin duda lo anterior me resulta al menos a mí, una respuesta.
III. De quien perdió la razón.
Perdió la razón quien no supo controlar sus emociones, quien creyó que los impulsos estaban llenos de señales; la perdió quien confió en ellos, quien moría por descubrir mundos alternos al que se les había asignado; la perdió quien creyó que todo era posible, pero jamás supo definir qué era todo. Sabrán de quién hablo, por el momento guardaré silencio.
IV. Del último silencio que no se sabe si será el último.
Silencios hay muchos, pero el temor es siempre el mismo: que sea para siempre. Despierta un día la incertidumbre de saber qué pasará el día en que ya no lo vea, que no lo escuche, que no sepa de él, que no exista pretexto alguno para que nuestros caminos se crucen. Ese día cada vez parece más cercano y él parece no entender dicho miedo. ¿Cuándo será? No lo sé, no espero que pase, no quiero esperarlo porque eso significaría desperdiciar el tiempo presente. ¿Acaso lo desperdicio ahora? Preferible no saber la respuesta.
Jamás había sentido un amor tan grande. Muchos se encargaron de desprestigiarlo, nombrándolo pasión, llamándolo obsesión. Pero en la obscuridad de su recámara, ahí donde el tiempo se detiene y nuestros momentos transcurren, callé las voces con besos, caricias y miradas expuestas a ser juzgadas por el que dice saber cómo y cuándo se ama; reí, lloré, plagamos las paredes de verdades incomodas. Desnudamos nuestros cuerpos y tocamos nuestras almas, que en el acto se fundían en una misma y era cuando volvíamos del éxtasis del instante que la realidad se apoderaba, las voces gritaban y nos distanciaban con el eco de su moralidad absurda que consumió todo lo que habíamos vivido. Entonces vino el silencio y con él trajo la distancia y la ya tan nombrada prudencia, pero por más constancia en su deseo de mantenernos lejos, aquí seguimos entre voces y silencios. Aquí seguimos.
Rouge
A.R.M.