Depredador voraz del intelecto. El último
salvaje de la cadena, el que está condenado a vivir hasta que los demás mueran,
hasta que los demás hayan vivido. Su carne apetece hasta al menos hambriento de
sus futuras víctimas, despierta expectativas donde jamás hubiera imaginado. Viste
de gala para cazar. Envenena con la mirada, con una sonrisa de aprobación y con
el oído de aprendiz más trabajado, más contaminado.
Aprende
de la presa, la estudia; extrae de ella los pensamientos más ínfimos, menos
escrupulosos. Anota nombres, lugares, autores, libros, experiencias, errores,
aciertos; memoriza los caminos que han recorrido: los imagina, los percibe, los
toca. Se alimenta de la sangre que se escapa a cada palabra que pronuncian. Se
extasía de las confesiones, de las palabras no dichas, de los lugares no
visitados.
Desnuda su cuerpo, lo ofrece en nombre de
lo que ahora sabe, de lo aprendido. Lo otorga como un altar a dioses
inexistentes, sus víctimas. El depredador es víctima de su presa. Víctima del
deseo que originan las palabras, no los cuerpos. El depredador se enferma, no
entiende. No entiende que con esa sangre, cavaba su propia tumba. ¡Dichosa
tumba!