martes, 20 de diciembre de 2011

Tú contigo.

Imagino que cuando estás en Iguala en el lapso de tiempo en el que le dices buenas noches a todos y te duermes, hay un momento completamente diferente en tu vida, que solo se vive en esa recámara, en esos contados días que estás ahí: un momento en el que realmente estás sólo. No hay llamadas a Vena, a Enoc, ni a tu hermana porque estuviste con ellos todo el día; no hay llamada a tu mamá porque está a unos cuantos metros de ti, solamente será más larga la llamada que le hagas a Mariana porque no la has visto en unos días y habrán que planear unas cuantas salidas y compromisos  para cuando vuelvas y luego estás solo: sin los canales que acostumbras ver programados en el control, sin libros de Derecho, sin compromisos el día que sigue, sin fotografías en el tocador de enfrente (porque probablemente ni siquiera el tocador este frente a tu cama) y si acaso con un libro en la mesa de al lado, que te trajiste de México para no sentirte tan alejado de tu rutina y realidad, del cual sólo has avanzado unas cuantas páginas, menos de las que esperabas y te preguntas dónde ha quedado todo ese tiempo libre que creeías que ibas a tener . Y ahora, que es tú último día, te das cuenta que ese tiempo no existió.
Pienso también en la noche – no sé por qué- mucho más obscura, más sombría. Allá no tienes ventanas contra el ruido, pero esa sensación de que a pesar de tenerlas se escuche todo, te permite percatarte de los más ínfimos detalles;  escuchas el ruido del silencio, de  las voces que no hablan, de la voz más grave y ronca que está dentro de ti y te hace pensar en lo que está por venir; te agenda lo que debes olvidar, lo que debes de vivir; planea los pendientes, las felicitaciones, que por las fechas, debes hacer y luego-¡por fin!- termina. Estas sólo Guillermo, sólo como muchas veces has creído que lo estás. Ahora tienes tiempo para abrazar lo prohibido, para soñar lo inasequible, para ser infiel con tu realidad misma y adorar tu perfecta, aunque efímera,  fantasía. Tienes una noche ¿qué es lo que más deseas, qué es lo que cambiarías? No hay más tiempo, sólo ese. Agótalo en ensoñaciones de lo que no pudo ser, en vicios perfectos de realidades improbables que no consumen ni tampoco dañan porque no habrán de existir; consolida los cimientos de la perfección que suele ser distante y obscura cuando el sol golpea de frente y tú le das la espalda para solamente sentir el calor que te produce. ¿Sientes cómo se estremece cada vello de tu cuerpo, cómo se enciende un calor del cual desconoces su procedencia, pero poco te importa porque lo disfrutas? Eres tú, contigo. Tú en la soledad más plena, la más honesta, la más certera.
Tanto deleite te ha dejado exhausto, duermes. Te ves tan tranquilo durmiendo, enrollándote en las cobijas que después de tanto moverte han perdido su función en tus pies y los han dejado al descubierto. Te despierta el frío, ¡que inoportuno! - piensas-, pero solo te lleva unos segundos cubrirte de nuevo y retomar el sueño. Siempre te quejas, aún dormido te quejas. ¿No te pareció muy corta la noche?
Fue casi imperceptible para mí, solo estuve unos segundos fugaces capturada en la imagen de lo que no pudo ser y luego, despiertas.

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