Aprendiste las reglas de memoria y, aún sin recitarlas, lograste que las aprendiera yo también. Dudosamente solo eran dos; construiste en los retratos de las palabras más que una regla una imposición, sin saber que los retratos desaparecen después de una noche y que las imposiciones nunca son del todo gratas.
“No fijar ningún itinerario previo, no predeterminar el rumbo de los pasos, respetar sus intuiciones y aun sus tambaleos”. La segunda, para mi primer, regla.
Eran las 12.30 cuando llegué al Palacio de Bellas Artes que resplandecía mucho más que otros días. Te vi, me quedé minutos parada con la mirada fija en ti, sin reconocerte, sin saber a ciencia cierta lo que hacía y me acerqué titubeante, intermitente, disimulando, disimulando bien. Tú te mostraste amigable, dudosamente amigable, caballeroso y seguro, tan seguro como se puede sentir alguien cuando sabe la firmeza de sus pasos, y en ese momento tú tenías la certeza de saber que, al menos, la primera parada no sería el Antiguo Colegio de San Ildefonso como habíamos planeado. Me enseñabas la primera (segunda) regla y yo, sin saberlo, la aprendía asintiendo a desviarnos a la librería del Fondo de Cultura Económica sobre Eje Central. Me perdí buscando Crónica de la Intervención de Juan García Ponce que en Septiembre creí que sería mi mejor regalo de Navidad y para Diciembre ya lo había olvidado; en cambio tú supiste dónde estaba lo que querías, apenas volteé y tú ya pagas libros que, estaba segura, no me interesarían. Irónicamente dos de ellos eran para mí: Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco y de Gonzalo Celorio Y retiemble en sus centros la tierra.
Así, con los libros bajo el brazo, sin itinerario previo, sin saber el rumbo de nuestros pasos me aventuraste a los, hasta entonces desconocidos, rincones del centro de la ciudad. La primera parada que hicimos fue la misma y la última que hizo Juan Manuel Barrientos: El Salón La Luz. ¿Acaso sabías que no debíamos pedir cerveza porque ya habías aprendido, a través de Juan Manuel, que en el Salón para esas horas las cervezas nunca están frías y usabas tenis ese día porque sabías que unos mocasines podían ser peligrosos si hubiera que correr en algún momento?
Nos sentamos adentro a pesar del clima perfecto, cercados de las paredes sombrías color vino para sentir el transcurrir del tiempo en ese lugar, los asientos que habían recibido a cientos de comensales antes que nosotros y entonces respirar la historia que se aprende cuando te atrapa un rincón repleto de retratos de otras épocas y otras vidas. Mientras tú, en nuestra época, en nuestro momento, me enseñabas la primera (para mi segunda) regla: “No tomar más de una copa en cada cantina para no quedarse en ella junto con la confesión, el pleito y la reconciliación, estadios por los que atraviesa el alma embriagada cuando es sometida a permanecer en un solo sitio y no se le saca a orear”. Tomamos un trago, acompañado de un tentempié de carne tártara y nos fuimos a San Ildefonso. Nos topamos con decenas de personas que no vi, sonidos que no memoricé, sólo estaban tus historias y tú: Zumpango, tu mamá, tu papá, tus hermanas, Sinaloa, el curso que darías en la Antigua Escuela Nacional de Jurisprudencia, lo mucho que te emocionaba dar una clase ahí, tus horarios, tus compromisos, “caminamos siempre viendo a la altura de nuestras narices, nunca miramos hacia arriba, quizás para no sentir la grisura de la atmósfera, que se nos echa encima y nos aplasta”.
Apenas llegamos a San Ildefonso y parecía que las calles nos llamaban queriendo escuchar de vuelta nuestras pisadas y murmullos sobre ellas, invitándonos a salir de los edificios y doblar por esas esquinas llenas de historias, que para entonces, sin saberlo, guardarían una más. ¡Hablábamos tanto, había tanto que contar, tanto que dos personas que apenas se conocían habían de decirse!
No duramos tanto en la exposición, fue más el tiempo que dimos vueltas y entramos y salimos de cantinas, en el que pasamos repetidas veces por la calle de Gante, que se vestía distinta cada vez que la recorríamos: con más luz, transformada en horas por sombras; más familias en el día, más enamorados por la noche; menos globos y burbujas en el aire y más humo de cigarro y carcajadas por la noche. Duramos más sentados en la barra de La Ópera, tú tomando tequila y yo whiskey, platicando de las personas en común, de quienes de alguna forma marcaron nuestra vida, de los amores que no pudieron ser; o en el Danubio, comiendo esos langostinos que tanto te gustan.
Fuimos tú y yo, libres en el tiempo, sin ningún destino, sin ninguna explicación que tuviéramos que dar de nuestras acciones y con demasiadas paradas en un solo día, la última de ellas, el Tenampa, que fue nuestro por tres canciones, dos tragos de tequila y una felicidad inmensurable.
Faltaron todos los preparativos para el amor, el martini o la champaña, la plática envolvente, el teatro o el concierto, la cena, el baile… y esa día y esa noche la quise y te quise demasiado. ¿Qué tal si ya nunca amanece, si esta noche se queda detenida por toda la eternidad? Imposible. Y como diría Barrientos, las crudas son inevitablemente solitarias.
¿Quién diría que esa parada en la librería Juan José Arreola me enseñaría que la tierra tiene más de un centro; que una pluma, un tubito terminado en punta y cargado de líquido negro, operaba el milagro de la escritura, que no era sino la representación de un milagro aún mayor: la lengua; que las ausencias nunca son ilusorias y que ese libro que yo creía que no habría de interesarme me enseñaría las calles de mi ciudad por las noches, me presentaría a una Ana Bertha Lepe completamente distinta y me dejaría en la memoria un recuerdo inolvidable?
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